Brindar hasta romperse

Vino

Como primera publicación de sensibilización social en este 2026 que comienza, coincidiendo con las fiestas de celebración navideña y Año Nuevo, bien merece la pena mencionar el consumo de alcohol como fenómeno social plenamente integrado en la cultura mediterránea.

En efecto, cuando pensamos en el alcoholismo, imaginamos al hombre desplomado en el banco de un parque, a la mujer que perdió a su familia, a quienes cargan en su cuerpo y en su rostro las marcas visibles de la dependencia. Ellos encarnan la imagen social de la adicción: la más cruda, la que permite a la sociedad decir “yo no soy así”.

Pero rara vez miramos hacia el origen silencioso. El consumo se ha vuelto un hábito tan integrado en nuestra vida cotidiana que apenas lo cuestionamos en fiestas, celebraciones y reuniones de amigos y compañeros de trabajo. Todo parece necesitar un vino, una cerveza o una copa para ser completo. En ese gesto ligero, repetido y normalizado, se esconde la amenaza silenciosa que después estalla en los rostros marcados por el alcoholismo que señalamos y excluimos.

La paradoja es cruel: estigmatizamos a quienes han caído en lo más visible, mientras celebramos los mismos rituales que les condujeron allí. Nos distanciamos de los “otros”, pero compartimos con ellos la misma puerta de entrada: ese “solo una vez” que con el tiempo, de forma insidiosa, se puede llegar a convertir en prisión.

Hablar de alcohol no es demonizar la celebración, sino reconocer que su aparente inocencia esconde una fragilidad que puede quebrarnos a todos. La verdadera prevención exige mirar más allá de las calles y los estigmas, y atrevernos a cuestionar lo que llamamos normal. Porque lo que hoy llamamos festejo y diversión puede terminar siendo un “brindar hasta romperse”.

 

 

 

Todo parece necesitar un vino, una cerveza o una copa para ser completo. En ese gesto ligero, repetido y normalizado, se esconde la amenaza silenciosa que después estalla en los rostros marcados por el alcoholismo que señalamos y excluimos.