Lo primero que debemos entender es que, como ya dijimos en el anterior artículo del pasado mes de mayo titulado “Cambia tus lentes”, no existe una forma correcta de tratar a un colectivo entero de personas, sino que existen formas correctas de tratar a cada persona en su singularidad. Esta afirmación nos invita a reconocer la diversidad individual dentro de cualquier grupo social. Tratar a todo el mundo por igual o institucionalizar el cuidado puede ser útil cuando del uso eficiente de los escasos recursos disponibles se trata, pero esto mismo nos tiene que llevar a tener cuidado en no olvidar el trato personal a cada persona acogida.
Es fundamental que exista un margen de adaptación que permita a cada individuo expresar su singularidad. Para ello, quienes acompañan o cuidan -profesionales, voluntarios o simplemente otros usuarios del programa en un estadio más avanzado de cambio- deben estar dispuestos a comprender las múltiples visiones del mundo que conviven en una sola identidad personal. Esto solo es posible a través del diálogo: preguntando a cada persona qué necesita y cómo puede ser ayudada. En muchos casos, tendemos a proyectar nuestras propias necesidades sobre los demás, olvidando que cada persona tiene la capacidad de construir y definir las suyas propias.
Lamentablemente, tanto a nivel individual como institucional, solemos reproducir de forma inconsciente los patrones culturales que nos formaron, imponiendo a otros los mismos esquemas que definieron nuestro estilo de vida, incluso cuando éstos están basados en valores discutibles como el dinero, el reconocimiento social o la productividad, partiendo de la suposición de que tenemos la autoridad para decidir cómo y cuándo debe ser ayudada otra persona. Pero ¿realmente la tenemos? ¿Quién decide qué es lo correcto para cada quién? Y, en todo caso, ¿quién está libre de ser juzgado?
La verdadera ayuda no nace del juicio ni del control, sino de la empatía. Si nos aferramos a hábitos de indiferencia, clasismo y paternalismo, ¿qué esperanza nos queda para construir una comunidad más justa?. Por eso, es imprescindible realizar un trabajo profundo de introspección, tanto colectivo como individual.
Necesitamos comprender que, bajo los ojos de alguien que se cree superior, todos podríamos parecer vulnerables, equivocados o “fallidos”. Que cuando extendamos la mano para ayudar, no lo hagamos desde la superioridad ni con la intención de ser admirados, sino sabiendo que en algún momento también hemos necesitado, o necesitaremos, que alguien nos tienda la suya.
¿Quién decide qué es lo correcto para cada quién?