Cuando pensamos en personas en situación de calle, el imaginario colectivo suele recurrir a términos como pobres o sin hogar, cayendo en sesgos que anulan la complejidad de lo que significa ser humano, reduciendo la situación de calle al mero hecho de no tener un domicilio donde residir. Sin embargo, la realidad siempre es más compleja de lo que nuestra visión del mundo nos permite comprender.
Quienes hemos crecido en hogares funcionales hemos sido socializados en patrones de comportamiento que influyen poderosamente en lo que comemos, vestimos, estudiamos, trabajamos o con quién nos relacionamos, construyendo así nuestra identidad como seres sociales dentro de unos marcos culturales. Por eso mismo, abordar la exclusión social nos resulta tan complicado desde la normalidad social: no podemos entender el mundo desde la perspectiva de una persona que, desde que nació, no ha conocido otra forma de vida.
Algunas de las formas en que intentamos entender la exclusión social es desde el paternalismo, diciendo a la persona sin hogar lo que tiene que hacer, tomando decisiones por ella. Otra forma de abordar la exclusión social desde la normalidad es la invisibilidad. Es creer que, si las personas sin hogar no son visibles, si no las vemos, entonces dejan de existir (para nosotros). Otros, los menos, movidos por la compasión, les ofrecen una ayuda económica o en especie, de techo, ropa y comida.
Pero lo cierto es que no existe una forma correcta de tratar a un colectivo entero de personas; existe la forma correcta de tratar a cada persona en su singularidad. Para ello, es esencial pararnos y preguntarnos qué necesitan desde la ayuda de la comunidad y desde su responsabilidad individual. Algunos, adaptados a su exclusión, no contestarán; otros se molestarán, por miedo a ser dañados; habrá quien pida dinero para alimentarse o para sobrevivir al yugo de las adicciones. Pero nunca, bajo ningún concepto, podemos jugar a ser Dios: no podemos decidir por los demás qué necesitan ni juzgarlos con condescendencia. Nunca se sabe si algún día seremos nosotros quienes necesitemos que alguien nos pregunte qué necesitamos.
Abordar la exclusión social nos resulta tan complicado desde la normalidad social: no podemos entender el mundo desde la perspectiva de una persona que, desde que nació, no ha conocido otra forma de vida.